9 de mayo de 2011

Descanso


Por Salvador Ventura.

Para la estrella y el ángel.   


Todas las mañanas lo veía correr por la orilla de la cala desde la ventana del comedor.

En un principio pensé que se trataba del típico y saludable deportista que a fuerza de madrugones, se mantenía fresco y saludable para el resto del día.

Luego lo vi también los fines de semana y pensé que era admirable su entrega y sacrificio al deporte. Quizá fuera una terapia por algún problema muscular o de rodillas y necesitaba todo ese trabajo. La arena de playa y el agua de mar son lo que recetan todos los médicos.

Cuando empecé a verle después de volver del trabajo, pensé que tanto ejercicio era excesivo. Acabaría por agotarse o por sufrir una lesión. Comencé a preguntarme cuánto aguantaría y mi vigilancia se hizo más intensa. Parecía como si una parte de mi quisiera que fracasara para felicitarme.

Pero corría también por las noches. 

Tras dos semanas me dí cuenta de que no paraba. Corría día y noche. Parecía ser capaz de correr mientras dormía y de encargar comida a la gente que se encontraba en la playa... Pero no paraba. Era una locura admirable. Tenía que parar... ¿Para qué tanto esfuerzo?

A la tercera semana me decidí y bajé a la playa a preguntarle. Seguía corriendo con una sonrisa en la cara como si tal cosa... Lo llamé pero no paró. Me invito con un gesto a que me uniera a su carrera. Ya ves, yo que no aguanto nada corriendo. Tras verle pasar dos veces me animé y corrí a su lado.

Guardamos un rato de silencio mientas me concentraba en mantener la respiración... Las olas refrescaban mis tobillos y la arena amortiguaba mis pasos. Era curioso pero no parecía tan difícil como había pensado.

-Disculpa que te asalte así, llevo varios días viéndote y...
-No pasa nada. Es agradable que alguien te haga compañía.
-¿Corres día y noche?
-Día y noche 
-¿No descansas nunca?
El hombre sonrío por un momento.
-Lo justo para tomar nuevas fuerzas y seguir corriendo.
-¿Por qué?
-¿Por que qué?
-¿Por qué corres?- dije levantando un poco la voz.
El hombre me miró a los ojos y me dijo:
-Para que no se borren mis huellas.
Y supe en el silencio que sobrevino, que jamás descansaría.


 
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